Transvaloración de toda la Mierda

– Quiero ser libre de esta fosa, ¿qué pasó? Venía bien. Llevaba unos quince días de estudio, de trabajo, de progresos… pero igual se acumuló, y luego se rebalsó algo. ¿Frustraciones innecesarias? ¿Culpas irreales? ¿Necesito un oído que me dé seguridad? No sé, claramente no sé qué o cómo, pero me volví a sentir en medio de una rutina en la que el tiempo se pasa volando; los días son idénticos, las acciones muy parecidas y, para todo esto, nunca llegan los resultados, los descansos –o no los valoro como tales-, las medallas, o lo que se supone que debe llegar. ¿Qué debe llegar?
– Hacés lo que te gusta. Se supone que debe ser todo feliz, ¿o no? Debería llenarte cada párrafo, cada tema que sacás con la guitarra. Tendrías que estar contentísimo cuando tus amigos te felicitan. Tener tanta energía que te choquen tus errores y luego reírte de ellos a lo loco, pasar vergüenza, pedir perdón y que todo ello sean metidas de pata humanas, tontas, contradictorias, motivo de enojo para el otro pero seguidamente motivo de hacer las paces. Hasta agregaría que cuando venga un violento pudieras temer, reaccionar de cualquier modo inexplicable, defenderte, estallar en furia y que te separen. Ganar o perder la pelea, sufrir un infortunio, y luego vivirlo. Las cosas son así, nadie escapa a lo meramente animal por más racional y sensato que sea. Diría, igualmente, que siendo el más inteligente, moral, correcto, medido… también te podría pasar algo de lo cual vos tuvieras una verdadera culpa. 
– Quizás es ese el problema. Creo que debe ser todo feliz y, ¿para qué?, o más bien, ¿por qué? Es todo tan robótico. Hay una especie de filtro que revisa cada emoción: es una mierda. ¿De qué sirve ser correcto si no estás viviendo? ¿Se supone que uno debe tener una conciencia moral panóptica detrás de la oreja para no cagarla con los demás? Más bien, ¿no debería uno simplemente ser, aunque le salga ser un tremendo imbécil, y que te vayan corrigiendo tus vivencias a lo largo de tu vida? De otro modo uno nunca consigue cambiar, solo se encierra en un termo que por fuera tiene la etiqueta Stanley, pero sigue siendo para cebar mates durante una hora. 
– ¿Qué pasaría –digo-, si sos tan imbécil que perjudicás a alguien? 
– ¡Qué bárbaro, che! Esto nunca termina. Solo quiero ser libre y ya, pero siempre hay una objeción. En qué problemas me metés… Sobre que ya me mato pensando. No sé, tendría que hacerme cargo. Pero igual es imposible, ¿para qué haría daño a alguien? ¿Por qué?
– ¡AH! No se sabe, nunca se sabe. Pero ya: no lo harías. ¿Ves que no confiás en vos mismo? El problema viene de ahí. Además, sos un cobarde, un débil y un despreciable. ¿Qué querés lograr? ¿Que todo funcione a tu favor siempre, sea todo lineal y seguro? ¿Querés que el mundo sea tu Country Privado, salame? ¿Y esa bronca guardada hacia los otros ya transformada en envidia? ¿Qué es eso?
– Sabés que todo es duro, que los que más tienen y los que son privilegiados ganan. Y no podemos hacer nada.
– Qué débil inservible. Sí, es verdad, no lo niego. ¿Qué vas a hacer entonces? ¿Rezar? Y la gente comprometida con sus ideales, ¿te parece que no tienen los mismos problemas que vos? Esos que están en tu misma posición pero luchan. Esos que mueren por su causa “imposible”. Los que buscan unir, concientizar, educar, solidarizarse. No por un cielo, no por caridad. Por un mundo mejor. ¿Creés que no sufren? ¿Acaso solo vos sufrís? ¿Creíste que ser inteligente era tener fórmulas para ser un apasionado todo el tiempo? Eso es lo mismo que la religión. Si querés pisar un minuto de agudeza objetiva vas a necesitar toda la fuerza necesaria para aguantar toneladas de sufrimiento. Toda la lógica que te sostenga desarmando falacias y que, al mismo tiempo, te dé herramientas para sostenerte al descubrirlas cuando esos embustes te depriman. Yo te pregunto, ¿cómo aguantarías la necesidad de creer en algo sin que esta te saque canas hasta matarte? El instinto de supervivencia sería más fuerte, ¿no? Un día, harto, dirás: “Mejor me agarro de esta idea y que me dé un rato de paz, solo un rato”. Luego lo olvidarás, porque la idea ya te habrá dominado. Pasará un tiempo y la idea te hará renguear fuerte, caerás, no entenderás qué pasa. Ya caducó. 
Me desperté. Pero no sé si me había dormido en realidad. Estaba duro en el sillón. Aún tenía la taza de café en la mano, aunque ya frío. No sé en qué momento viajé por mi cabeza o me atrapó ese diálogo mental casi onírico. Ahora me preguntaba si Nietzsche habría logrado en realidad las cosas que planteaba. ¿Lo habría logrado? Seguro que no, seguro ese era el ideal a perseguir y quizás la humanidad lo alcanzaría de algún modo, algún día, como una especie de evolución. No sé. Ni sé tampoco para qué busco una respuesta que me resuelva la vida. La vida no se resuelve, creo, es así y ya. Pero quién y cómo tiene los huevos para vivir la vida tal y como es, empapándose de incertidumbre y de angustia. Empapándose de muerte al fin… ya que ahí culminan todos los miedos. 
– ¡HEY!
Me gritó una voz desde la cocina. Poco a poco se acercaba alguien. Cuando pasó por la puerta, terminé de tener una certeza: mis obsesiones habían llegado a su límite. Era yo. Se acercó (o me acerqué) y se sentó en el sillón que estaba en frente. Me miraba, era horripilante: era yo… ¡¡¡yo mirándome a la cara!!! Hacía la misma leve sonrisa con la boca, estaba tenso, su mirada (o la mía) era muy seca. Parecía pensar mucho lo que iba a decir, y al fin dijo (o dije): 
-Traquilo Emilio, perdón por asustarte. No era mi intención. 
Yo sabía que diría eso, es que yo habría dicho lo mismo al asustarme. Prosiguió (o proseguí):
-Ya no vas a estar más solo. Ahora somos dos. Yo me encargaré de hablar con tus temores mientras vos sos libre. 
Al instante lo supe: tendré que ir al médico y no es bueno, ya no seré el mismo. Continuó diciendo:
-Eso querías. Ser libre de tus miedos e ir por la vida como si nada, sin pensar en ninguna ramificación de muerte posible. Que solo te llegue y punto, para no sufrir nunca más.
-Pensé –me contesté- que eso se lograba construyendo mucho coraje. 
-El coraje sirve para fortalecerse sobre el miedo. No lo suprime, no lo elimina. Vos querías no sentir más miedo, y por eso estoy acá. No te preocupes, yo voy a resolverlo mientras vos hacés el resto. Cuando tengas dudas consultame a mí sobre el tema, lo conversamos un rato y seguimos. 
Pasaron unas semanas. Nadie me reconoció. Mi actitud claramente no era la misma. Todo culminó cuando me vieron entrar al aula disfrazado de El Cuervo. Primero no sabían qué pretendía, pero al fin se dieron cuenta que yo no sentía vergüenza alguna, que solo hacía lo que quería. Además, me percaté de que estaban algo aterrados y consulté a Emilio sobre la situación. En ese momento, todos al verme hablándome, llamaron a salud universitaria.


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