AKRASIA
No había destino para él. Chocaba contra lo que parecía ser una tapia e intentaba sostenerse a pesar de que le mataban las rodillas. Mira hacia arriba, luego a los costados, tantea un poco, sólo le guían las estrellas y la luna. “Debo ser fuerte, valiente, resistir”, pensaba. “Debo seguir”, “sólo le temo al dolor, la muerte es apacible”. Sabía que no debía husmear en el campo de su enemigo pero, como siempre, se buscó pasar un riesgo (le gustaban mucho). Se asomó rápidamente y de frente, una silueta que de repente prendió una lámpara, y lo último que vio fue la explosión del rifle que vino desde el mismo lugar. Sintió un dolor repentino y grave en toda su cara, que cesó en un segundo con un shock. El fuerte impacto lo volteó hacia atrás, cayó, con su rifle en mano. Como si se tratara de una pesadilla, se levantó rápidamente y miró frente suyo en el suelo a un tipo vestido igual a él con la cabeza destruida, las rodillas quebradas, con una mano algo arrastrada contra la pared; era, todo eso, lo que la linterna alumbraba a su lado. No se sentía mal. “Qué extraño”, pensó. Agarró la linterna e intentó inspeccionar el cuerpo cuando, de repente, se escucharon sirenas. “Viene la policía, debo huír”, pensó por reflejo, y se fue.
Más tarde, de regreso a su departamento, se da cuenta de que no puede abrir la puerta. Es que no tenía sus llaves. Eran otras. Como de costumbre, la vecina tenía el televisor al palo escuchando TN. “¡Último momento! Asesinato en Catamarca”, se escuchó. Se acercó un poco más a la puerta de su vecina para escuchar qué más decían sobre el caso. “La víctima, Emilio Guerrilla, de 30 años, fue atacado por una banda que, según los testigos, viene acosándolo desde hace meses y que ya había denunciado, pero…” Emilio pensó que seguro le habrían confundido con Marcelo, su atacante, y por la urgencia corrió hacia la calle. Se sentía pesado, no entendía cómo el rifle se disparó al revés. Se miró las manos, estaban algo más fofas, además se percató de que estaba más petiso. Se asomó al vidrio de un local que estaba allí cerca para verse. Se quedó helado. Estaba viendo a Marcelo. ¿Qué carajo había pasado? Se tocaba la cara, se analizaba, hacía gestos, incluso se dio un buen golpe en la mejilla “¡MOVETE, PAJERO!” Gritó un policía desde atrás. Le estaba apuntando con un arma; Emilio (en el cuerpo de Marcelo) levantó los brazos y el cana no dudó en cagarlo a trompadas hasta que llegó la patrulla. Lo tiraron a una celda molido a golpes y uno de los policías gritó “De esta no te salvás. Ahora sí que vas a dejar de hacerte el macho, de lo que hiciste ya no hay retorno”.
Sí, el policía dijo “retorno”. Le tocó uno con educación; aunque violento de todos modos. Pasaron unos días en prisión en los que Emilio, en el cuerpo de Marcelo, se preguntaba cómo llegó ahí, ¿estaría en coma o alucinando? Parecía bastante real -se daba cuenta de cómo cambia la vida según el cuerpo en el que uno esté metido-. Marcelo tenía una respiración deficiente, tenía un dolor constante en un tobillo (por fuera de la paliza), le costaba mucho más pensar lógicamente “dentro” de su cerebro, así como también moverse con agilidad; tenía unas buenas hernias de disco y un tic en el labio. Un día quiso masturbarse y el pene estaba lesionado y un poco raro. “¡Tenés una visita, salame!”, le dijo un guardia. Era el tío de Emilio, Leonardo. Se sentó del otro lado de la reja y encendió un cigarro. Miraba con una mirada tranquila, tan tranquila que se notaba su psicopatía. ¿De qué serviría explicarle que estaba en el cuerpo de su asesino? Emilio se limitó solo a escuchar a su tío. Ya sabía que él tenía comprada a toda la policía, ya se imaginaba que él andaba en cosas turbias, pero como estaba peleado con él, nunca indagó más de la cuenta sobre su vida. “Bueno, voy a ser claro”, dijo, y prosiguió: “Yo estaba distanciado de mi sobrino hace un tiempo, no sé, cosas de él… y verlo con la cabeza reventada, golpes en todo el cuerpo, y las rodillas quebradas sólo me dio ideas mucho peores para vos”. Emilio intentó hablar diciendo “¡Pará! ¡Tenés que escucharme!”. El tío respondió dándole un balazo de repente a la rodilla y diciendo “ESCUCHAME VOS A MI”. Entre los alaridos desgarradores de “Marcelo”, el tío apagó el cigarro frotándolo con la reja y se fue. Lo que sigue prefiero dejarlo a la imaginación, pero tengo que contar que, después de un sufrimiento atroz, Emilio, en el cuerpo de Marcelo, se desvaneció por fin en el “sueño eterno”.
Ahora era su tío. Sí. Así parecía funcionar esto; una especie de ocupación del cuerpo de tu asesino. Él (o sea Emilio, o sea, el tío) ya se encontraba lejos de la tortuosa celda, durmiendo apaciblemente en su cama gracias a unas cuantas cervezas, vinos, y vaya a saber qué más. Despertó de golpe, producto de la tortura horrible que había recibido antes de morir. Pero era muy raro despertar “como nuevo”, aunque el cuerpo de su tío estaba bastante baqueteado. Despertó también por lo brusco a su novia que estaba a su lado, “¿¡Leo!? ¡Leo!, ¡Estás bien?”, dijo. Pero no le contestó. Voló la sábana, empezó a manotear los muebles y sacó un fajo de billetes. Se puso un short y salió rápidamente. Arrancó el auto y aceleró hasta la ruta muy apurado. Por alguna razón que no sabía estaba yendo a La Rioja a toda velocidad. Apagó la radio y pasó ambas camineras a toda velocidad. En la última rozó a un policía y lo tiró al piso. No era consciente de nada, estaba perdido en su cabeza (o en la de su tío, algo más rápida que la de Marcelo) pensando en qué era lo que estaba pasando. Sea lo que fuere, lo hacía reflexionar de que podría haber muerto su consciencia en dos ocasiones pero no lo hizo; pero eso no le daba felicidad, al contrario, porque, en su última “muerte”, hubiera preferido que su consciencia dejase de existir para no recordar nunca más la dolorosa experiencia que le “dio fin” a su vida. “Es mucho peor el dolor que la muerte”, se dijo. Pudo comprobar lo que ya pensaba antes de que le pasara esto. Empezó a acelerar más y más el auto. El cuerpo de su tío no le gustaba. Era mucho peor que el de Marcelo, salvando la rapidez para pensar. Del lejano espejismo en la ruta salió un colectivo. Lo pensó. Pero como siempre, desde siempre, Emilio intentaba ser ético y no quería dañar a nadie. Pero, en el retrovisor vio otra salida. Lo estaba siguiendo la policía. Buscó en la guantera, bajo el asiento, en la parte de atrás –es que su tío tenía que tener algún arma- pero nada… “¡ESTO!” dijo, y agarró el matafuego. Disminuyó de a poco la velocidad hasta que pudieron alcanzarlo. “¡BAJE DEL AUTO!, ¡AHORA!” gritaron los policías. Y bajó gritando como un imbécil amagando pegarles con el matafuego. Un policía gritó “¡AY!” con un tono muy cobarde y le disparó como 4 veces. Pero era tan bestia que le dio solo una, en el ombligo. Emilio tuvo una muerte lenta, ahogada, mareada… incómoda.
Esta vez se subió a la patrulla y dejó varados en la ruta a los demás policías. Rumiaba que si todo fuese, en realidad, como el eterno retorno de Nietzsche, no se daría cuenta de nada, pero que estaría contento con muchas cosas de su vida, es que sí, muchas le gustaban; incluso su cuerpo. Pero lo que fuera que estuviese pasando, tenía que ver con él mismo, porque nadie de repente anda cambiando de personalidad por la vida porque las personas mueren. Rechazaba radicalmente la idea de vivir en otro cuerpo. No lo conocía y no quería acostumbrarse a él. Además el policía tenía unos dolores gástricos horribles y, de nuevo, pensar se tornaba muy difícil en su mente. Tenía una prótesis en el hombro que molestaba bastante y…”¡¿Qué pasaría si me suicido?!” pensó. Ya fue, dijo, “así no quiero vivir”. Buscó en la patrulla y encontró un arma. No sabía cómo hacerlo. Estaba temblándole una mano mientras manejaba con la otra. Nuevamente el dolor se interpone en las decisiones. ¿En qué punto le dolería menos? No lo pensó más y se disparó en un costado de la cabeza. Para describir un poco lo que sucedió bastará con decir que en ese segundo hay muchas sucesiones que se pueden recordar por separado. Primero, tensión repentina en todo el cuerpo, visión rojiza y borrosa, parálisis mental. Segundo, fondo negro, colores, líneas y puntos (como si te apretaras los ojos). Tercero; una sensación súbita de paz sumada a un pensamiento, que quizás aparece por azar: su ex en tanga.
Pareciera como si Emilio hubiese roto una cadena por esta vez. Podríamos llamarle una cadena de violencias y rencores. Porque su conciencia no tenía ya un cuerpo de asesino a quien secuestrar, no necesitaba hacerlo. Era, ahora, un alma libre. No pensaba más que imágenes (pero unas cuantas según la ocasión). De lo que quería comerse; de un lugar especial para cagar o atracción hacia una potra. De hecho se le acercó pero ella no se dejó y le pegó un patadón. Emilio se dio la vuelta y se puso a pastar. No había más que paz. El tiempo era eterno. Su cerebro no daba a basto para imaginarse algo que le diera ansiedad o ira; tristeza, envidia. Todos los sentimientos eran efímeros y eso hacía la vida una cosa hermosa. Tampoco necesitaría nunca imaginarse cosas que lo pongan contento. Ser feliz era lo constante. Él no podía razonar todo esto en ese momento, pero preferiría quedarse siendo caballo eternamente hasta morir. Tenía esa intuición. Pero algo andaba mal. Si Emilio se apoderó del cuerpo del caballo, ¿qué culpa tenía este? Era inmoral robarse un cuerpo de un ser tan puro. ¿Acaso esta magia era algún tipo de azar? ¿Acaso al universo lo ético le resbala? Era probable.
Emilio vivió no sabe cuántos días de vida equina –y el relator, o sea yo, no voy a decirlo- hasta que un día bebió de un charco tóxico. Se veían residuos de productos químicos pero era un caballo y sólo quería beber. De ahí la importancia de la razón para la supervivencia. Igualmente, murió feliz, excepto por el dolor de la intoxicación, pero es mucho mejor que morir con el plus del estrés humano. Sin dolor todo sería más sencillo, pero no habría necesidad de progreso y seguiríamos siendo una Capsaspora owczarzaki. El tema es que Emilio ahora estaba en un nuevo cuerpo, algo mareado, por su “vida pasada” sin complejidad mental.
-Señor presidente, ¿está bien? Necesitamos saber qué hacemos respecto al guardia.
-¿Qué? ¿Qué guardia?
-De quien hablábamos –lo miró por unos segundos y siguió-, el que vino a trabajar borracho.
Emilio vomitó sobre la mesa, se levantó y corrió a buscar un baño. El lugar era inmenso; todos lo miraban pasar con sorpresa. Agarró a alguien que estaba caminando por ahí, lo zarandeó y le dijo “¡¿DÓNDE HAY UN BAÑO?!”. ¡Por acá, por acá! Contestó y lo llevó al baño. “Bueno, ahora dejame solo”, dijo Emilio, y cerró de un portazo. Había más gente adentro y los corrió a todos gritando como un loco para que salieran de ahí. Encontró una silla y trabó la puerta. No quiso mirarse al espejo y se encerró en un cubículo; de paso se echó tremenda cagada que al parecer el cuerpo anterior se venía guardando. Seguramente el mareo fue por pasar de repente de un estado de paz a uno demasiado muy ansioso. Se quedó en el baño un par de horas. Al principio solo esperó a recuperarse. Seguidamente, comenzó a reflexionar. “Increíble” –se dijo- “haber sido un animal me hizo olvidar de todo al punto de descubrir que ninguno de todos nosotros sabemos nada de nada… nos pasamos construyendo ideas sobre otras y…todo es más sencillo” Después de esta reflexión bien pobre a lo Coelho (en este texto no podemos ofrecer más) se levantó de su “santuario” y recién allí se percató del olor a mierda. Tiró la cadena y fue a verse al espejo. Se miró y dijo: “La puta madre, soy Alberto.” (El presidente).
Como Emilio era un chico con un superyó prominente, se vió en un dilema. Estaba en un cuerpo que no le gustaba tampoco pero que le daba una enorme responsabilidad. Así que decidió aguantárselo e intentar hacer lo correcto. Y, por “hacer lo correcto” me refiero a buscar el mayor bien para todo el país. Pero, tristemente, todos se pusieron en su contra. Intentó sostenerlo hasta que un día, en un acto, una turba de libertarios lo asaltaron con ayuda de la seguridad y lo mataron. Curiosamente, volvió a nacer. Vivió de nuevo toda su vida, pero sin recordar nada (ha de ser por todo el tiempo que pasó en gestación). Un día, de adulto, se encontró con Marcelo. Se hicieron buenos amigos y se juntaban mucho. Hasta que Marcelo lo traicionó, no sólo a él sino a otros amigos cercanos. Intentaron hablar. Pero Marcelo nunca pudo reconocer lo que había hecho y decidió, en vez de eso, enojarse con Emilio y culparlo de todo inventándose otros hechos. A su vez, juntó a algunas personas contándoles una falsa versión de todo para sentirse apoyado en sus mentiras. Tal era la histeria de Marcelo por ocultar sus errores que no paró sembrando resentimiento hacia Emilio; el único que proyectaba todo aquello que quería eliminar de sí mismo. Siguió a Emilio un par de años, ni un solo día dejó de pensar en él. Se compró un rifle y esperó noche tras noche a que ingrese a su propiedad. Tenía un señuelo: libros y libros no devueltos e inconseguibles; reliquias del saber. Una noche, Marcelo oyó a alguien entrar. Cortó la luz y fue a esperarlo del otro lado. Era Emilio. Lo esperó, y cuando estuvo muy cerca, salió de repente y prendió su linterna. “¡CLICK!”. El arma se atascó cuando quiso disparar. Emilio se dio vuelta y corrió todo lo que pudo. Marcelo, con un movimiento doble en el que quiso correr y destrabar el arma, tropezó y se disparó justo en los huevos. Luego de una hora desangrándose, murió.
-Mamá, mamá… ¡despertate! ¡Papá se murió de un tiro en las pelotas!
-¿Qué? ¿Qué pasa? –dijo Marcelo en el cuerpo de su esposa.
Comentarios
Publicar un comentario