12/02/2019
Suena el despertador del celular a las 6. Me levanto. ¡Mierda! ¡Un alacrán! Paseándose cerca de la puerta de mi cuarto. Me pongo una zapatilla, lo piso, lo pateo lejos, me saco la zapatilla. Me baño, preparo todo y me voy al laburo. Llego al laburo. ¡Mierda! ¡Más historias clínicas! Trabajaba en facturación, en el sanatorio Rojas. Me siento en el escritorio, armo el mate, pongo música y me pongo a facturar. Se abre la puerta. Mi compañero: “¡Hola, Emi! Acá te traigo más historias clínicas”. ¡Oh!, Lo ansiaba tanto, gracias. Empiezan a caer los viejitos de pami. Los empiezo a atender, cosa que haré todo el día, junto con la facturación. Pero eso era lo bueno de mi trabajo. Suena el teléfono, la contadora: “Hola Emi, bla bla bla y necesito ta ta ta”. Me levanto de la silla, me estiro un poco, me acerco a la ventana, veo un rato hacia la calle. Se abre la puerta. Mi jefe: “¡Dejá de mirar pajaritos y ponete a laburar!”. Sí, señor Miguel, disculpe. “Pará, vení, necesito que le lleves este papel y este sobre con guita a doña Rosita en la inmobiliaria Kevin, la que tiene la obra de arte esa espantosa del caballo con granos de colores.” Sí, señor Miguel, disculpe. ¿Por qué carajo dije disculpe? Me fui a la inmobiliaria. Sí, realmente es una obra espantosa. Fui al centro a hacer los trámites en pami, los trámites para la contadora y, de paso, pagué el internet. De regreso a la clínica, me encuentro con Marlon en el camino. Marlon siempre tenía olor a caca, no sé por qué, no me animaba a preguntarle. Antes de llegar me compré un sanguche de salame. En el kiosco de la esquina eran piolas, almorcé el sanguche de salame. Se me pasaban las horas, facturando a la siesta, muy rápido. Era cuando más tranquilo podía hacer eso. A la tarde de nuevo el movimiento, todos los días igual. Siempre era el mismo día, hace dos años. Termina el día, ficho, camino hasta mi departamento. Llego, subo las escaleras, abro la puerta, tiro mi mochila. Tengo justo 8 horas para dormir. Si es que puedo dormir todas. Me acuesto y abro el libro que, por fin, ya estaba terminando:
Llegué en la tarde del día 21 a Turín, mi lugar probado, mi residencia a partir de entonces. Tomé de nuevo la misma habitación que había ocupado durante la primavera, vía Carlo Alberto 6, III, frente al imponente palazzo Carignano, en el que nació Vittorio Emanuele, con vistas a la Piazza Carlo Alberto y, por encima de ella, a las colinas. Sin titubear y sin dejarme distraer un solo instante me lancé de nuevo al trabajo: quedaba por concluir tan sólo el último cuarto de la obra. El 30 de septiembre, gran victoria, conclusión de la transvaloración; ociosidad de un dios por las orillas del Po. Todavía ese mismo día escribí el prólogo de Crepúsculo de los ídolos, la corrección de cuyas galeradas había constituido mi recreación en septiembre. No he vivido jamás un otoño semejante ni tampoco he considerado nunca que algo así fuera posible en la Tierra, un Claude Lorrain pensando hasta el infinito, cada día de una perfección idéntica e indómita.
Qué triste de mí. No soy, ni lo más cercano, ni cerca de lo cercano a ser, un übermensch. ¿Qué me diría Nietzsche?, “No te conozco, salame. Pero dale, dejá esa vida poco valiente”. Qué manera de comenzar… el insomnio de hoy.
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