Superación personal II
-Hola, ¿tiene fuego?
-¡NO!
-Tranquilo, hermano ¿Qué le pasa?
-Nada, tome el puto fuego. Lléveselo.
Se prendió el cigarro y se guardó el encendedor en el bolsillo. Luego dijo:
-Mire, no tiene por qué estar amargado. La vida es hermosa, disfrute el momento.
No contesté y se quedó mirándome con una sonrisa y los ojos achinados. Era un tipo que tenía unos pantalones verdes con rayas azules, ojotas, una remera de Callejeros, un intento de barba, un corte pelado de un solo lado y esa sonrisa que se torcía cada vez más, pero que por debajo de lo forzoso en ella se podía notar un prejuicio hacia mí: No entiende nada de la vida, está dentro de la matrix.
Me tocó el hombro y se tambaleó un poco, tosió y me dijo: “namasté”. Sacó unos yuyos de su bolsillo trasero y me los tiró sobre de la camisa.
-Gracias, estoy bendecido. Un gusto, chau.
-Espere, no se vaya.
-Y ahora qué –dije mientras me sacudía la ropa.
-Mire, ¿Sabe usted que está dormido?
-¿Parezco dormido además de mis ojeras y cara de culo?
-Me refiero a que… – ¡PUM! – y me clavó una buena piña en la mandíbula.
Quedé en el piso tirado y comprendí la razón por la cual siempre repito círculos viciosos. Primero arranco mi vida motivado, con ganas de dar todo de mí, pero voy acumulando culpas y situaciones que salieron mal (como si todo dependiese de mí). Pasan los días y no soporto más la carga, entonces comienzo a buscar mi autodestrucción y basta con estar comiendo una pizza en un bar para volverme loco y terminar bebiendo 20 cervezas y fumando hasta las alfombras. Luego pasan los días, aparece una culpa, o “culpa 2” que me advierte que tengo que dejar los vicios por no ser algo grato en este mundo. Vuelvo a comenzar un nuevo camino de superación personal; renazco. Entonces la ecuación termina siendo: vicio, culpa, renacer, vicio de nuevo; sobre un vacío afectivo de parte de padre-madre. Este vacío es el causante de que necesite reconstruirme y destruirme cada tanto. El mundo va confirmando que soy una mierda sin importancia. Destruyo la mierda que soy para recomenzar de forma obsesiva y perfeccionista nuevamente, una y otra vez. Por todo esto no recuerdo mi pasado.
-¡Emilio! ¡Emi!
–kah keh, kehws…
-¿Qué te pasó? Vení, levantate, vamos a aquella mesa.
Era una vieja amiga llamada Celeste. Es una chica buena, es feminista. Siempre me acuerdo de ella porque gustaba del más machirulo hijo de puta que existe, y como le gustaba dejaba pasar que sea violento con las chicas. Siempre recuerdo a las personas por sus contradicciones. Las contradicciones son un eje central en mi vida ya que me carcomo el seso con las mías. Ella me conocía muy bien, era obvio que estaba ayudándome por culpa, porque no suelo caerle bien a nadie. Se pagó una cerveza y conversamos toda la noche. Le había prestado el auto al machirulo y estaba esperando que se lo trajera, me contó toda su vida. Su abuelo tenía una gran fortuna en tierras, su madre la abandonó para tener una vida feliz con un imbécil. Toda su familia se comía los ojos por la herencia y solo esperaban que su abuelo muriera algún día. Pero ella no quería saber nada de eso, quería irse muy lejos para no vivir lo que sucederá cuando su abuelo no esté. Todavía le faltaban los medios para hacerlo, pero seguía esforzándose. Cuando escucho estas historias olvido las contradicciones. Celeste era hermosa, era el tipo de persona que se muestra y no teme ser humana. Los perfectos están ahí peleando por una herencia o buscando un éxito mediático, venden a sus hijos para que los acepte su jefe.
¿Superación personal? Huir con Celeste bien lejos.
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