Unquillo Soho



Detetive Cachunkan ¿cómo etá?
-Oficial… Muéstreme el cadáver.
-Sí, subamo la ecalera, que ashiba é.

Subieron las escaleras. Entraron en la habitación y ahí estaba. No tocaron nada, por lo que seguía sonando música de la lista de reproducción de su computadora. Ciudad de locos corazones podía escucharse al entrar. El cuerpo se encontraba sobre la alfombra y parecía descansar. Tenía los brazos detrás de la cabeza y las piernas cruzadas. Al lado había un frasco de laboratorio y un cuaderno lleno de anotaciones.
-El sujeto se encarrrgó de dejá muchos mesaje. Y, aparte de eso, en el feibul dejó má. –dijo el oficial con mucha dificultad.
-¿Pudieron determinar de dónde sacó el cianuro?
-No señolnuetros epertos siguen invetigando.
-Gracias, oficial, lo veré luego.
Agarró su teléfono y marcó un número. Llamó a un amigo técnico en computación y le pidió que borrara los mensajes del suicida de su cuenta de Facebook, ya que la policía no contaba con las ganas –el ingeniero tampoco-. Se acercó al cadáver y lo observó un momento. Era extraño, parecía dormido realmente, y en el mejor de sus sueños. “Pobre chico, tenía todas las posibilidades y decidió dormir un poco”, dijo con toda seriedad.
El detective Byung Chul Han era uno de los mejores en su trabajo, estaba de turista por Catamarca y decidió encargarse del caso; sabía español y discutió con la policía para que le dejaran actuar. Como era coreano y muy elegante lo aceparon, ya que la gente siempre flashea que los extranjeros son superiores en esta ciudad (a menos que sea un gauchaso nacionalista). Pero bueno, además les tiró buena guita a algunos contactos. Nada impedía que Han pudiera seguir con su obsesión por descubrir algo. Todo esto es muy poco creíble, pero ¿qué lo es? Solo escribo lo que mi cerebro ansioso y depresivo (no muy culto) produce. Sino, podés leer a Borges. Aunque mejor no, lee a Camus si querés. Y si no querés, bueno, no leas un pingo.
Lo primero que hizo Han fue llevarse los diarios del muerto. Curiosamente encontraron en su placard como 30 cuadernos, pero el que parecía más reciente estaba en la biblioteca de la habitación. Los llevó al hotel donde se hospedaba y los colocó sobre la cama. “Muy interesante”, dijo luego de hojearlos rápidamente. Al parecer Emilio, el muerto,  era un chico obsesivo, todos los días escribía sus avances de superación personal. Día 1, Día 2, Día 3 y así sucesivamente. Y cuando creía que su trabajo de superación ya no iba en consonancia con lo que quería, compraba un nuevo cuaderno y volvía a empezar… debe ser por eso que todos los cuadernos estaban incompletos. Unos llegaban a los 25 días, otros a los 35, solo un par pasaba los 80.
Sonó el teléfono:
-Diga.
-Como está, detective Han. Soy la Tía de Garnica. Si requiere de mi ayuda le seré útil.
-Perfecto, me gustaría saber algunas cosas. Por favor dígame cuándo y dónde puedo encontrarla.
-Estaría bien mañana por la mañana, estoy viajando a Catamarca en este momento.
-Gracias. Hasta luego.
Han siguió leyendo:
Día 23 (cuaderno 5)
Hoy estoy agotado, pero sigo adelante ¿cómo hago para ser más valiente? La valentía es muy fácil de pensar, un día pienso cómo reaccionar, actuar o soportar tal o cual cosa. Tengo todas las respuestas, las estrategias, pero cuando llega esta situación de miedo, no aguanto ni diez minutos.
Todos hablan de la valentía, de no ser un cagón ante tal o cual cosa, y después los ves ansiosos, estresados, enfermos o con cargos de conciencia. Después de todo, ¿qué es ser valiente? Lo que admito con esta pregunta es que hay algo que me da mucho temor, por ejemplo, a enfermar. Si enfermo, sufriré, es mejor morir de forma espontánea. Y por temores como este tengo mis obsesiones, como la de la comida saludable. No obstante, te podés enfermar igual, o puede pasarte algo que te haga sufrir, sea lo que sea. Si soy valiente, es un esfuerzo agotador. Pasan las horas, los días; y las ganas de seguir luchando contra un enemigo que nunca deja de estar; se acaban.
Y el hecho de que el enemigo es miedo a algo que puede o no suceder, le agrega una incertidumbre infinita. ¿Cómo liberarse de esta carga? Si con psicoanálisis he comprendido que de niño sentí miedo y soledad, que no he aprendido a confiar o sentir la seguridad que te dan otros, y repito esto, sin parar, con otras cosas he aprendido a manejar el síntoma ¿Qué queda? Es decir, nunca muere, nunca se cura este miedo a la vida. En estos términos, ser valiente es esperar todo. Si viene el cáncer que venga, si viene el dolor de un accidente que venga, si me golpean, me atacan e intentan humillarme, que vengan que yo estaré ahí siendo inteligente y duro; y soportaré todo. La cuestión que me queda es, ¿realmente se puede? O ¿realmente lo hago? ¿Soy capaz de soportar estas cosas? ¿O será que espero que el hecho de ser valiente sea la clave de no enfermar nunca? Si es así, al final no estoy realmente enfrentando el temor porque sigo en la misma. Entonces quizá la valentía debiera ser sin condiciones, pero va contra el instinto humano de conservación, es una puta paradoja interminable. Si quiero ser valiente debo ser una especie de suicida, como Bukowski, vivir en la mierda cuando sea mierda aunque sea inaceptable; convencerme de que algo me matará haga lo que haga. Y vivir en ese peso insoportable, sin alcohol, sin cigarrillos. Si fumo o bebo alcohol, esta pesadez se va. Si quiero aplicarlo a una “buena vida”, ¿qué me calma la pesadez?  ¿Salir a correr? ¿Estar enamorado? ¿La filosofía? ¿La guitarra? ¿Dios? Ya no puedo creer en él, pero solo así creo que me calmaría.

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