Uquillo Soho II

Han se despertó y corrió los diarios que estaban amontonados en su cama. Le dio paja bañarse, así que solo se lavó la cara y bajó al comedor del hotel.
Pidió un café doble con 10 medialunas y le vació 10 sobres de azúcar encima. Mientras desayunaba ligero (desayuno de 3 de la tarde) reflexionaba sobre el asunto que decidió resolver. Este caso no tenía nada de nuevo: un depresivo de clase media que se suicida, una familia rebalsada de individualismo que lo tiene cagando, los prejuicios de creer que el muerto solo es vago y no quiere hacer más que tocar la guitarra, reflexionar boludeces filosóficas, etc.
Han pensó que lo de Emilio era bastante predecible. No conoció a su padre, la familia de este intentó acercarse, pero no congeniaban con el chico callado y aburrido (y poco trabajador). Sus allegados solo pensaban en heredar tierras o en sonreír para la foto de la historia de Instagram (en un restaurante que no pueden pagar, para luego ahorrar comprando el arroz más barato). El detective, entonces, se daba cuenta de que el caso no tenía nada más para acotar, pero como Han era un rebuscado total, no iba a parar hasta saber todo lo que rodea al hecho.
Agarró su teléfono y buscó “Julián Olveira” en Facebook, luego en Google, pero todo sin éxito. Entonces decidió llamar a su amigo técnico de la inteligencia coreana para que lo buscara.
-¿No está?
– No está. Es extraño, me sale que el tipo existió en Argentina hace 29 años, luego desapareció.
– ¿Buscamos al ser o al dasein?
– ¡Jajaja! Si fuera el ser sería más fácil, solo habría que ver sin interrupciones.
– ¿Creés que estoy haciéndome el gracioso? Ponete a trabajar, la concha de tu vieja.
– Ok. Perdón.
La conversación anterior, originalmente en coreano, fue traducida por el Departamento Letras de la Facultad de Humanidades para facilitar la comprensión de esta obra de mierda. La cosa es que el padre del chico desapareció del mapa. Todo bien con que desapareció de la vida de Emilio, pero que no se pueda rastrear a alguien es algo imposible hoy en día. Igualmente, Han tenía que ver a la tía de Emilio a las 21 hs: este dato es clave ya que este encuentro podría ayudar a atar cabos sobre el ente, su hermano. Mientras tanto, Byung Chul Han se levantó y se tomó un remís hacia la universidad.
Cuando llegó ingresó al aula; había clases de lógica. El profesor sabía que Han iría a observar, estaba todo conversado. Había una alumna que estaba recontra densa, recién había descubierto a Aristóteles y discutía con el profesor como si manejara todo el sistema aristotélico. Pero no, ella no era la más densa… después habló uno que usaba la palabra “reducción” hasta cuando respiraba y le terminó de quitar el puesto.
Llegado el recreo Han se acercó a Reducción y le preguntó sobre Emilio.
-Me conmovió el hecho de su muerte, pero yo lo presentía. El loco era muy existencialista y ateo. Reducía sus interpretaciones de las diversas capas nominales de la cultura, a la caducidad del ser, y a mí eso no me va.
-… ¿No se daba con el resto?
-Sí, se daba, pero bueno… leer mucho existencialismo puede ser malo, entendiéndose por malo a lo que refiere Maliandi en su libro de la ética…
-Gracias.
Han se encontraba, para decirlo de una manera leve, hasta las pelotas. Se fue al patio de la facultad, en la parte de las canchas que nadie usa, donde se juntan los fumetas de humanidades y se dio una buena seca de yerba. Se sentó bajo un árbol un buen rato (le gustaba quedarse solo, pensando de vez en cuando) y a lo lejos divisó algo: un tipo que pasaba por la vereda hablando por celular como esos giles que se hacen los ocupados todo el día en algo muy importante. – Cierto que por acá rondan los de derecho -, pensó.
A las 21 hs ingresó al restaurant del hotel Amerian donde lo esperaba Rosenda, la tía de Emilio. Miró a todos lados. Había una mujer que lo observaba de lejos, sonriente, muy elegante. Parecía alemana. Han se acercó. – “¡Aquí! ¡Aquí, señor Han!” – dijo alguien a dos mesas a la izquierda.
Se sentó junto a Rosenda. Era muy hippie y no entendía cómo ella se encontraba en ese lugar tan cheto. Ella pidió una ensalada de rúcula y Han una milanesa a la napolitana hasta el culo de papas fritas.
– ¡Un gusto, señor Han! Estaba ansiosa por conocerlo, pero justo me encontraba en un viaje muy importante por Dubái, ¡no sabe de hermoso que es!
-Buenas noches.
-He visitado un hermoso hotel y no creerá lo que había, ¡un shopping de oro! Era increíble ¿Ha ido usted a Dubái? Además, aproveché y visité todos los Emiratos Árabes.
-Me gustaría enfocarme en el caso de su sobrino.
-¿Cómo es corea? Me contaron que es de allí. Iba a ir de visita el año pasado, pero no pude porque tenía que presentar un proyecto importantísimo de arte: trajimos profesionales importantísimos. Ya lo invitaré para nuestros próximos proyectos.
– …
– ¡Ah, sí! ¡Qué terrible!, lo amaba tanto a mi sobrino. Verá, seguramente estaba muy mal psicológicamente. Su padre, mi hermano, nunca estuvo con él y yo jamás pude entender por qué nos abandonó a todos.
-Hace 29 años… ¿los abandono a todos?
-Sí. Simplemente desapareció. Dijo que se iría, supongo que no pudo resistir el hecho de ser padre. Él era muy inmaduro y no pudo soportar la paternidad.
-Estoy de acuerdo, pero ¿cómo desapareció? ¿a dónde fue?
-Simplemente dijo “me voy”. Y nadie supo más de él.
-¿Y cómo saben que no ha muerto?
-¡Es mi hermano! Siento su energía. Verá, la energía se puede sentir. Noto una cierta mala energía  de su parte, sin ofender. Emilio tenía una mala energía parecida, a veces me sorprendía con su entusiasmo, pero normalmente estaba en el lado oscuro. Mire, quizás el caso lo está agotando y además la energía es contagiosa.
-Gracias por su colaboración, tengo un compromiso ahora. La llamaré si vuelvo a requerir de su ayuda.
-Está bien, señor Han. Qué bueno que le haya servido mi ayuda. Lo estaré invitando a nuestros prestigiosos eventos de arte.
Ahora Han se encontraba recontra hasta los huevos de agotado. Volvió a su hotel, sacó un cigarrillo, lo prendió, se fumó un paquete de RedPoint y se bajó 10 latas de Schneider mientras leía el último diario de Emilio.
Día 12 (cuaderno 32)

Al final, me he dado cuenta de que estoy plagado de “prejuicios” si se quiere. No sé cómo, en algún momento de mi vida, comencé a absorber todo tipo de prejuicios. Lo que está mal del aspecto físico, lo que está mal de la forma de hablar, lo que está mal hacer en esto o aquello. Me volví un sensor de las opiniones de gente basura, resentida; y quise usar esas opiniones para saber claramente qué es lo que no debo hacer. Cómo NO debo ser. Me creé un edificio arriba de quien soy, de cosas correctas que uno debe ser supuestamente. He reprimido ese monstruo que fui para los demás, una criatura tímida, esquizoide y que no quería hablar con nadie. He reprimido un supuesto monstruo para crear uno nuevo, uno de verdad. Lo que era, era YO; el creado es una aberración basada en opiniones de la basura salida de la boca de mucha gente mala.
Hoy si me queda reencontrarme, me queda un trabajo demasiado duro. Se trata de volver a dejarme ser, permitirme ser. ¿Cómo soy con miles de alertas psicológicas de lo que no debo ser? Uno me diría, “suprimí entonces esas alertas” … Las he creado en la niñez, son automáticas, y se corresponden con las visiones de algunos, a las que aún hoy soy susceptible. ¿Qué me queda? Volver a la nada, suprimir los prejuicios y, con un largo trabajo, reconstruir mis esquemas… Y en medio de este trabajo rogar que no me dejen solo.

A Han le agarró una diarrea tremenda. Salió corriendo hacia el baño. En medio de la evacuación pensó en tomarse el día mañana y ver su serie favorita: El doctor casa.

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