Dolores
No había nada. Estaba en la nada… Un suelo blanco de algodón, un horizonte infinito. Pensé: debe de ser un sueño. Generalmente, cuando pensaba que era un sueño (dentro del sueño) no era motivo para darme cuenta y tener un sueño lúcido, sino que seguía dentro de él viviéndolo como si no lo fuera. Al instante, de repente, ya estaba en otro lugar, pero se sobreentendía que seguía siendo en esa nada blanca. Dentro de una casa muy parecida a la de mi bisabuela, específicamente en la parte que se recibían visitas, yo estaba sentado en uno de los sillones. En frente, el escritorio de mi bisabuelo, hermoso, de caoba, con un vidrio grueso encima, y detrás, una biblioteca impecable. En un sillón a mi izquierda estaba sentado un tipo que jamás había visto en mi vida, raro, porque en mis sueños suelen aparecer personajes conocidos por mí y a veces estos son unos en el cuerpo de otros.
-¿Estoy muerto?
-No.
-¿Es un sueño?
-Tampoco.
-¿Quién es usted?
El tipo ahora tenía cara. En mis sueños generalmente yo pensaba algo y ocurría, pero no siempre era exacto. A veces se mezclaba un aspecto de lo pensado con el contexto del sueño, otras veces adquiría solo una característica o actitud de quién o qué he pensado. La cara del tipo ahora era la de mi bisabuelo; su actitud, desconocida. Saqué mi teléfono del bolsillo –siempre lo hago cuando me pongo incómodo- subía y bajaba en la pantalla con el dedo, el teléfono funcionaba mal; si intentaba ingresar a las aplicaciones no respondía o funcionaba como si hubiera problemas en el software. Efectivamente era un sueño.
-Soy yo. Ramón, tu bisabuelo.
-Nunca te vi. No creo que seas vos. Me pregunto por qué te imagino ahora.
De repente ya no era solo su cara, era su traje y postura según vi en fotos. Era su supuesta actitud, su brillo y energía, todo basado en las historias que me contaron de él. Entonces pensé en indagar más, pensé: me probaré cuánto sé de él, buscaré la relación que hago en este sueño.
-¿Cómo pensás? Siempre quise saber qué te motiva y qué te preocupa. Qué opinás de la familia y de mí. Qué consejo me darías si hubieras estado vivo. Siempre hablaron de vos y no me creo nada de lo que dicen, supongo que sabés que no hay nada que creer, que escuchar.
Ahora estábamos en el campo, sentados a la orilla del estanque. Él estaba mirando el reflejo del agua con una mirada serena y un gesto confiado; estaba pensativo, pero sabía qué decir, qué contestar, pero se tomaba su tiempo. Tenía que ser un poco misterioso para que, antes de hablar, lo hablado sea dicho con importancia, delicadeza, certeza. Quería enseñarle algo a su bisnieto, algo sabiendo que el momento debía ser perdurable y significativo.
-Te entiendo, Emilio. Te creo. Te quiero. No hay nada más que decir.
Me emocioné. No quería escuchar otra cosa, lo demás ya lo sabía. Igual no me lo esperé, qué increíble es el subconsciente. No necesitaba, en este caso, confirmación de los hechos. No necesitaba que me diga todo lo que yo pienso, que esté de acuerdo con todo y opinara lo mismo, a eso ya lo sabía. No necesitaba, en fin, que la conversación se extendiera a todo detalle. Fue impecable. Lo que él habría hecho exactamente: ser empático. Después, me vi sentado ya en la cima de un cerro, no había más que vacas, pero a lo lejos. El lugar totalmente pelado, un pasto corto una brisa que imaginaba fría. Quienes estaban a mi lado ahora eran mis dolores.
-¿Por qué no estuviste, Imbécil? ¿Qué había de importante en esa pseudofama tuya de Los Ángeles?
-No pude madurar, Emilio. No pude saber qué hacer, no pude resolver mis propios traumas.
-¿Y la solución era huir y creer en religiones estúpidas? ¿Justificar todo con el yoga y tu meditación hedionda? ¿Pedir que yo te buscara? Si tanto reconocés… ¿No es más fácil pensar en algo lógico que hacer?
-No fui capaz de pensar, no me lo permitió mi ser. No pude entender. Las personas como yo, sabrás, se cierran en sus defensas psicológicas. No podemos ver las cosas más allá de las explicaciones que pusimos ahí para dejar de sentir dolor. Encontramos un modo de sobrellevar lo nuestro y nos apegamos profundamente a eso. Y no pudimos darnos cuenta que mirar el mundo desde esa armadura daña a quienes nos rodean.
-Yo creo que si tuviera un hijo ¡ME CHUPARÍA UN HUEVO PROTEJERME A MI MISMO! ¿Qué sos? ¿El caballero de la armadura oxidada? ¿No te das cuenta que ese tipo tenía que cagar y mear sin poder sacarse la armadura? Era óxido lleno de mierda.
Al decir esto, sentí culpa. ¿Y si el egoísta soy yo? Mierda, si digo las cosas me meto en problemas. No es bueno decir las cosas… para mí es justo, mi experiencia dice que me irá peor. Agarré el celular, demoraba en encender, no podía ingresar el patrón, andaba lento, torpe. Levanté la cabeza y, estando en el mismo lugar, presentía que mis dolores estaban ofendidos.
-No te preocupes, no hay nada que temer. Tenés que creer en vos, hijo, sos capaz de todo y nosotros estaremos aquí para apoyarte.
-¿Y por qué no están?
-¡Oh! Ya salís con eso de nuevo.
-De nuevo, ¿qué?
-Tenés que olvidarte del pasado, ya no hay nada malo.
-Me voy a olvidar si se hacen cargo y por lo menos muestran interés.
-¿Por qué no te vas? Ya podés volar. Nunca te lo impedimos, queremos lo mejor para ustedes. Que vuelen, cumplan sus sueños.
-¿Acaso eso es así nomás? ¿Acaso con desearlo basta? Estaría ya mismo en la loma del ojete hace rato.
Se asomó una vaca, tenía mocos en sus inmensas fosas nasales y se le caía la baba con pedazos de pasto. Yo asumí que la vaca representaba la culpa. Entonces habló:
-MUUU (y la ventilación salida de su boca me enviaba secreciones y pasto a la cara).
-Bueno, ya sé, ya sé. Todo lo que digo es malo –dije mientras me limpiaba.
-No, tenés razón, chabón, pero te metés en líos. Si podés evitarlos, chauchis –Y se fue dejando una torta de mierda.
Los dolores prosiguieron:
– Dejá de molestarte por todo. Siempre estás enojado. Ya está.
– Bueno, puedo hacerlo, pero quiero que me ayuden. Yo siempre quise hacer lo correcto, nunca tuve la intención contraria. Pero si no lo digo, no me escuchan. Tampoco se preocupan ¿Cómo estará? ¿Será que le falta algo? ¿En qué podemos ayudarte? No entiendo por qué no hay nada de eso. ¿Por qué solo si son cagadas el tema es importante? ¿Por qué están para retar? ¿Por qué es más importante ver lo que dice el estúpido de Jorge Rial?
-Sí nos importás.
-Las palabras, a esta altura, me importan veinte mil camionadas de soretes.
-¡Que bárbaro! Siempre lo mismo. Hemos estado pensando y podemos buscarte un trabajo.
-Pero tengo que estudiar.
-Sí, lo sabemos
-Pero no se creen el cuento.
-Sí, creemos en vos. Solo que… ya sabés.
-Sé lo suficiente, me cagaron tanto la vida que recién concreto mis metas: tarde y con una pistola en la nuca.
-El pasado…
-No importa para ustedes.
-Y tampoco a los demás, así que solo te queda escribirlo. Porque al resto de la sociedad le importa tres culos todo. Solo podés intentar sobrevivir. Nosotros sabemos bien que nadie jamás podrá ayudarte. Estamos protegidos por todos.
Ahora mis dolores tomaban forma oníricamente en otro ser más despiadado, terrorífico, violento, cínico, cruel. Era dios. No podía imaginar una forma (abstracta, indefinible en un sueño) más que aquella que fuera contradictoria, incapaz de coherencia alguna. Los humanos más crueles no podían parecérsele, porque si lo hicieran, no terminarían sus venganzas con la muerte. La realizarían eternamente con el consenso de todos.
Me desperté. Estaba muy cansado. Siempre suelo despertarme cansado. Agarré mi celular e hice la rutina de siempre. Primero whatsapp, después instagram y al final facebook.
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