Corazón Ortiva
Conversaba con un viejo amigo que me encontré haciendo yo, un tanto incómodo, la cola para pagar la factura del internet –de mi novia, ya que yo no tengo el servicio-. Como siempre, estoy para socializar con alguien, sea quien sea.
-Siempre fuiste medio ortiva vos, ¿no?
-Sí. –contesté mientras miraba la fila a través de mi ansiedad, a ver si así podía adelantar el tiempo y pagar de una vez.
-Y, ¿por qué, che? Si no te hacíamos nada malo en la escuela. Bueno, era raro que seas muy callado, pero qué sé yo, éramos todos pibes.
-No sé, Juanchy, muchos mambos.
-Bueno –dijo e hizo un gesto agrandando sus ojos, torciendo la boca y mirando luego hacia un costado, como pensativo, que se podía traducir algo así como “Qué raro, qué le pasa”.
Pagué y me fui a la verga. Y como siempre, bien de obsesivo, analicé la situación reflexionándola. La relacionaba con los demás hechos recientes y la poca mierda de Foucault que se me grabó en una clase.
No alcanzaba nada de lo que hacía –pensaba-. No sabía, para nada, qué era lo que sentía. Me olvidaba de mi pasado, más bien lo eliminaba. Todo era errado, defectuoso; nunca alcanzaba ese ideal que me imperaba. Dicen que el ser es perfecto, la idea más simple, hasta ahí ya no podemos hacer más reducciones; es que simplemente “es” y punto. La idea más vaga, también vana. Así como los católicos justifican sus caprichos con toda la metafísica medieval, yo justificaba todos mis males. Y lo hacía de manera inconsciente. Toda mi visión cambió al romperse esos lentes y llorar la tremenda vergüenza de haber creído mi propio cuento. La mente es tan poderosa que podemos crearnos un mundo seguro y habitable dentro de ella, y así vivir desde el interior de una coraza o algo parecido al robot de Dexter. Si de pequeños nos encontramos con mucho dolor podemos simplemente meternos dentro de nuestra cabeza, para estar protegidos, para no volver a encontrarnos con el horror, para tener una cueva donde dormir alejados del acecho de cualquier bestia salvaje. Pasaba yo, por el filtro de la obsesiva racionalización, cada acción, cada emoción. La soledad nunca cesaba… y es que, ¿cómo habría de cesar si el amor recibido nunca era suficiente? Lo más perfecto era un poco de atención de un corazón ortiva. Pero, ¿y si hubiera tenido todo lo que necesitaba? ¿Y si hubiera formado mi identidad a base de una referencia ortiva? Y no necesitaría terapia; y no necesitaría nada, es decir, si fuera yo alguien normal. Me vieran normal, me reconocieran normal, me llevara bien con los normales, hiciera todo como “se debe”, si cumpliera los pasos y las etapas a la perfección. Si fuera el vecino que tiene bien el jardín y te saluda amablemente, ese que se levanta temprano todas las mañanas para trabajar y regresa a su casa, y sigue cumpliendo su función de buen ciudadano. Es decir, si no pudiera ver mi lado oscuro, si me alejara tanto de él que ni siquiera pudiese reconocerlo. Si no pudiera ver el mundo, el sistema, como algo muy raro, ¿qué pasaría?. Por ende, no me preguntaría por qué todo esto es así y no de otra manera, o por qué tengo que creer en esto o aquello. Si pudiera resolver mi sufrimiento con algo de dinero o si pudiera distraerme todo el tiempo con cualquier cosa, ¿qué sería de mí? Sin duda sería nada. Como ahora ya lo sé, sé que mi identidad son solo partes usurpadas. Pero no lo sabría, por ende, seguiría la cadena de la mentira. O si la sigo, intentaría no seguirla más, la ignoraría dando germen a un inmenso fanatismo del que ya no habría casi retorno si lo alimentara a través de los años. No buscaría no formar parte del problema que no nos permite evolucionar: esperaría un cielo, una virgen, un amor irreal, una muerte, un enemigo, el ser el emprendedor cliché, la riqueza, alabanza, creería a los medios, votaría a la derecha, me haría provida. En fin, sería un corazón ortiva. ¿Alguien en realidad sabía algo? ¿Cómo era vivir una vida auténtica? Se me ocurre que no hay nada más auténtico que conocer la soledad desde temprano. Desde ahí ya no hay cómo no verla, no hay construcción sobre ella que pueda asegurarme. No hay software que me dé cierta paz, e intentar instalarlo solo da errores, problemas; pareciera que no funciona bien, como si fuera trucho o hubiera descubierto el Windows que no es original. No hay mirada más objetiva que la que te angustia, no por culpa, no por otra cosa. Es que la realidad angustia. La primera certeza es esa. Y si sobrevivís a ello, pasado tus “etapas”, no dejando que el dolor te consuma o te destruya, quizás ahí las herramientas que te has creado puedan denominarse auténticas.
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