Sergio Julián De Oliveira
Me hallaba en mi lecho de muerte. Había contraído el diositovirus. Cuando era joven creía que se extinguiría, pero no. Por culpa de los anti-vacunas volvió a resurgir causando la pérdida de materia gris a gran parte de la población. Ahora lo tenía yo sin querer y esperaba mi pronta pérdida de conciencia. Igual, me decía a mí mismo “ya era hora”. Estaba viejo, quejoso, cansado; mi mente ya rebalsada de filosofía. Si hubiera sabido antes que a los 56 años me daría cuenta de que no hay más que hacer que observar nuestra perdición como especie, que la estupidez vencería, solo me habría dedicado a escribir muchísimo. A sacar todo lo que había en mi ser, lo ilógico, lo raro, lo elocuente, lo injusto, lo justo, lo que fuera. Me habría divertido con mi pobre gramática nada más, única cosa que disfrutaba hacer, nunca supe por qué. Y es que me preguntaba para qué saber tanto. Así como también denunciar problemas, iniciar actividades sociales para cultivar a la gente, mejorar el mundo, perseguir lo utópico ya que no queda otra… si el mercado ya había creado la manera más eficaz y sólida de viralizarse. Ya había inventado un sistema capaz de tocar la mayor debilidad que tiene el ser humano, su ego frágil, ese que requiere consumir autoestima. Mientras que, por otro lado, lo único que vence la falta de autoestima estaba también sumergido en todo esto: la educación, pero la verdadera, la crítica. El verdadero poder que imponía las normas era ese –el del mercado-. Ya no se podía ver nada fuera de la lógica utilitarista, pragmática, económica. Todo podía comprarse, todo podía cambiar su rumbo hacia el capricho de otro idiota falto de cariño que necesitaba confirmaciones narcisistas. Era tarde, el monstruo, la peor herramienta humana, lo había impregnado todo: líderes, bancos, países, etc. Era, ya, imposible controlarlo; no podía establecerse jerarquía alguna porque todos los humanos somos demasiado débiles.
Entró a la habitación mi hermana. Venía a visitarme seguido desde que entré al hospital hace un mes. Me saludó, cebó un mate y sacó unos criollitos. La enfermera la cagó a pedos: “se va a contagiar si bebe mate”. “Me importa una mierda”, le contestó mi hermana. La enfermera se fue ofendida por la falta de “responsabilidad” y toda esa cosa descontextualizada que suelen pensar las personas individualistas. Conversé con mi hermana largo rato. Después, se quedó en silencio, pensativa, y al final dijo:
-Che, Emi… ¿por qué nunca hablaste de tu amigo imaginario? Bueno, es que me dejaste a mí tus diarios, y anoche leí algo sobre eso.
-Es que nunca me importó.
-¡Cómo no te va a importar! Siempre lo tuviste presente de algún modo. Es parte de vos.
-Mirá, lo que pasa es que la gente real que me rodea siempre fue la que me causó emociones. Alguien imaginario que no está en la realidad no puede.
-¿Tiene alguna historia? ¿Sabés algo de él?
No me quedó otra. Tuve que relatar la historia de Sergio. Cuando yo nací él se fue a la mierda y nunca más volvió. Sin embargo, se comunicaba de vez en cuando. Me decía que fuera a visitarlo al primer mundo (con toda esa visión superficial de lo que es un mundo). Que podría yo actuar como su hijo, él adoptarme, ponerme su apellido, etc. Como yo estaba pasando un mal momento eso me parecía una buena idea de escape. Después me pregunté, ¿Yo quiero esto en realidad? No. Solo quiero que deje de hablarme. Un amigo imaginario se supone que es una forma de lidiar con la realidad: uno lo crea para que este le consuele, le acompañe, le diga que está orgulloso de uno; que está cuando uno se siente mal, aunque sea callado. ¡Además tenía un apellido horroroso! ¿Emilio De Oliveira? Si siempre fui Guerrilla… Detectaba en todo esto cierta persuasión mal elaborada, como la de un infante con cuerpo de adulto ya pelado. Si hubiera sido una persuasión basada en un minúsculo amor lo habría notado. Me decía: “podrías ser actor, modelo, músico ¡Lo que quieras!” Que podríamos ingresar a Hollywood o triunfar con sus amigos mexicanos que también resistían a la deportación. En fin, me vendía fantasía absoluta. Proyectaba su sueño americano como si fuera la verdadera felicidad. Su boca escupía dólar, bellas mujeres, sensación de superioridad racial, imagen vacía de pseudomacho, mirada de Clint Eastwood sin tener para nada la valentía de un actor que sí denuncia problemas sociales en el país que te matan por hacerlo. En fin, por los accidentes imaginarios de los cuales me formé su sustancia, los que adquirí de relatos sobre cómo era él, un militar cheto del liceo naval, sin sesos, que reducía la vida en el estereotipo típico y más vacío de todos; si no cumplías con eso, eras digno de nada.
-¡Wau! –dijo mi hermana- no pensé que cargabas con todo eso.
-Ya no lo cargo –contesté-. Cuando cumplí 30 simplemente lo olvidé. Aún pensaba en que un amigo imaginario podría cambiar, cumplir su función. Pero… ¡AAACHÚÚÚ! –estornudé y llené de mocos la bolsa de criollitos, creo que el mate también- perdón, pero, ¿sabés qué? –decía con dificultad y me retenía la nariz para no volver a estornudar- los amigos imaginarios también pueden ser unos hijos de puta.
Comentarios
Publicar un comentario