Consulta con el Dr. Casa
-¡Julieta! ¡Levantate!
-Sí, sí, Ma… Ya va…
-¿¡Vos estás bien!? Todo el día en la cama, che.
-Sí, estoy bien. Por favor, ahora no me molestes, dejame tranquila; ya voy.
Mi mamá se fue quejándose y dejó la puerta semi abierta, cosa que detesto porque me obliga a levantarme. Es su forma de hacerme salir de la cama. Me levanté y cerré la puerta. Me volví a acostar y agarré el celular. Le escribí a mi amigo Paul:
-Che, ¿no sabés de algún psicólogo? Creo que no estoy bien. En realidad nunca lo estuve, pero no sé qué hacer.
-Ya te averiguo, porque al que voy yo no sirve. Creo que lo voy a dejar.
-Dale.
Tenía ganas de mear y me daba mucha paja ir al baño. Tenía que pasar por toda la casa, recibir algunos regaños u observaciones sin sentido, etc. Tenía muchísima intranquilidad y ya no podía más. Paul me contestó:
-Mirá, una amiga me dijo que este tipo es muy bueno. Se llama Gregorio Casa. Su dirección es Junín 369. Vas a tener que ir porque no le gusta dar su número. Mirá, no sé, vos probá qué onda. Yo lo he cruzado una vez y parece un loco de mierda. Mi amiga, la que me lo recomendó, es medio Diógenes aparte. Pero bueno, en esta ciudad no hay casi psicólogos que valgan la pena. Si encuentro otra opción te aviso.
Me entró la duda. ¿Qué debía hacer? Bueno, haré un esfuerzo, me dije. Además, en el fondo yo sabía que la gente rara me llamaba la atención. De algún modo sé que quienes son así tienen algo admirable. Pero quizás, más bien, yo me siento rara, o tengo la certeza de eso, y me dan compasión los que son tratados igual que yo, es más, llego a enamorarme de esas personas de las que cualquier amiga me diría “¿Segura, amiga?, ¿ese?”.
Me levanté, meé por fin, me bañé después de dos días, comí, pedí plata, y me fuí a buscar a Gregorio Casa. Cuando llegué a la dirección era una casa chica pero bastante arreglada. “Debe ser muy vital vivir acá”, pensé. Cuando salió el Dr. Casa se quedó mirándome por cinco segundos agrietando sus ojos hasta hacerlos chinos. Tosió de una manera exagerada y me dijo: “Bien, pase”. Era un tipo flaco y alto, con una barba desprolija; vestía sobriamente. Me guió a su despacho, me senté en un sillón y él también en otro, justo en frente. Nos dividía una mesita rectangular. “Ah, el mate”, dijo, y se fue. Luego volvió y se sentó colocando el termo y el mate sobre la mesa.
-Diga.
-Hola. Soy Julieta. Para resumírselo, he ido a otros psicólogos, ya sé que estoy enojada con mi padre por desaparecerse, ya sé que tengo una visión deplorable sobre mí misma por la crítica y la falta de atención. Ya sé que fui una niña solitaria, que se sentía mal, triste y abandonada, que jugaba para evadirse con las maderitas de los jenga por horas construyendo edificios, que luego volteaba con los dinosaurios de juguete. Ya sé por qué no le veo sentido a nada, no valoro nada. También sé por qué soy problemática, me excedo con el cigarrillo, el alcohol, etc. Ya sé todo eso. Creo que sé el por qué de las cosas, hasta que pienso obsesivamente a tal punto de desconectarme de lo que siento como una defensa. No sé qué más hacer para estar bien. Estoy mejor que antes, pero no sé qué más hacer para estar mejor. Sé que no se llega a la tranquilidad absoluta, pero la intranquilidad que cargo es bastante insoportable, cosa que no noto en todo el mundo, personas con peores problemas que yo pueden sentirse mejor que yo ¿Cómo es? ¿Qué me falta saber? Sé que el proceso es largo; deconstrucción, reconstrucción, reaprender, etc. Pero, ¿cómo se vive tranquila hasta que todo eso se logra? Hay que funcionar, hay que producir, hay que ser parte del sistema o te come viva.
-Bien. Es lo que me imaginé. ¿Usted estudia Filosofía?
-Sí.
-¿Es atea?
-Sí.
-¿Tiene algún problema gástrico?
-Sí (Por dentro pensaba: ¡WEY, YA!).
-Usted, si no me equivoco, llegó al punto sin retorno.
-Ah… -Dije sin entender qué me quería decir.
-¿Qué quiere usted? Déjeme contestarle. Teniendo en cuenta su edad, veintinueve si no me equivoco, y habiendo vivido la pesadumbre de la realidad desde muy temprano, está ya cansada de esforzarse, agreguémosle que no le fue favorable el entorno: esto es bueno, sobrevivió a esto y llegó a mí justo a tiempo. Yo soy ese terapeuta a quien le llegan los pacientes “sin remedio”, digámoslo así.
-Qué bueno, estoy muy motivada.
-No se preocupe, solo le falta pulirse un poco. El resto, ya lo tiene incorporado. Haga esto: tírese a descansar, semanas, días, meses, lo que sea necesario. Haga caso absoluto a su cuerpo. Cuando se levante coma bien y haga lo que quiera, ni otra cosa.
-Pero…
-Miéntales. Miéntales a sus padres, amigos, etc. A cualquiera que le imponga lo contrario. Dígales que está haciendo lo que quieren escuchar, pero haga lo que usted siente.
-¿Y la carrera?
-Hágala a su tiempo. Si no puede ir más rápido, lea o investigue por su cuenta lo que le parezca.
Sabía que dio en el clavo, y ahora me dí cuenta de que soy yo la que no puede aceptar su verdad, que soy yo la que no puede conciliar su sentir con el mundo. Lo que hago no sirve, no es útil, no es productivo, no es válido para toda la gente; no pega con el colectivo, lo impuesto, lo naturalizado. Había vuelto a un estado animal y un animal solo come cuando quiere. No tiene horarios ni quiere ser valorado por nadie, el resto del día, solo está al pedo.
-La noto reflexiva. Bien. Es usted muy inteligente, solo le faltaba romper una idea errada que impedía conectar con otras más claras. Defiéndase del mundo, agradezca su comodidad de clase ya que otro en su lugar, pero en una mala posición, estaría muerto o creyendo en idioteces que le fortalezcan. Aún así, esas bellas ideas que ya adquirió sobre la muerte, póngalas en práctica. Viva con la muerte de cerca. Dele la bienvenida a su vida.
Entendí muy bien lo que me dijo. Y él sabía lo que estaba pensando. Hay algo más que ese punto sin retorno que me dijo. Ingresar al punto en el que me acusarán de nihilista.
-No se equivoque con el nihilismo. El verdadero nihilista es el que se vuelve ascético o pseudoprofeta de mentiras. Usted ha luchado mucho, pero más en el plano psicológico. Allí también se lucha bastante, para regalarle al mundo ideas. La llevaré más al extremo: ya está todo pensado; es el mundo el que no tiene remedio. La humanidad no es capaz de asimilar sus propios saberes, los rechaza, los niega. Ya no podemos hacer nada por nosotros.
-Pero usted sí está haciendo algo por mí.
-Sí. Pero no por el mundo. Aunque sea puedo hacerla libre, en cierta medida, de sus ideas erradas. Bueno, váyase y no vuelva. Son quinientos.
Me sorprendí, pero confié tanto en él que no le contesté nada. Le pagué y salí. ¿Qué clase de terapia era esa? Me dijo cosas que yo ya las había pensado, pero, dudaba de ellas por que eran conflictivas con las ideas de los demás, lo que me hacía sentir equivocada.
-¡Hola, Juli! ¿Qué andás haciendo? –Me dijo Emilio, que justo pasaba por donde yo estaba. Como siempre con una traza improvisada con ropa vieja, nueva, que no le queda, flaco, alto, serio, ansioso.
-Hola, bien, ¿vos? –Soy una estúpida, me preguntó “qué hacés”.
-Bien. –Sonrió medio nervioso y siguió su paso como si quisiera quedarse pero creyera que no sabría qué más decir. Lo amo.
Comentarios
Publicar un comentario